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Antes de la empresa,
ya construíamos juntos.
Esta historia empieza con dos adolescentes, un proyecto de código abierto y miles de kilómetros entre ellos. Antes de ser socios, ya eran amigos y compañeros de proyecto.
fundadores: Daniel J. Saldaña · Brayan NarváezDos lugares, el mismo código.
Daniel vivía en Almería y Brayan, en Venezuela. Internet les permitió aprender juntos, compartir decisiones y equivocarse dentro del mismo proyecto, mucho antes de pensar en crear una empresa.
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Juntos, a distancia.
Se conocieron siendo adolescentes mientras colaboraban a distancia en xNova Revolution, un proyecto de código abierto escrito en PHP. Desde países distintos compartían código, debatían soluciones, cometían errores y volvían a intentarlo. Aprendían haciendo y, casi sin darse cuenta, aprendían también a trabajar juntos.
No había clientes, procesos ni estrategia empresarial. Había curiosidad, tiempo para probar y ganas de construir algo entre los dos. De aquel proyecto salió una amistad que continuó mucho después de cerrar el editor de código.
Después llegaron otros proyectos personales y alguna idea de montar servicios de hosting. No pretendían ser empresas: fueron una forma de seguir aprendiendo, probando y descubriendo qué podían hacer juntos. El Gremio es el primer proyecto que afrontan como empresa.
Con los años siguieron caminos profesionales distintos. Brayan se especializó en construir aplicaciones y liderar su desarrollo. Daniel, en la infraestructura, la arquitectura cloud y la operación que permiten mantenerlas en marcha. Ambos acumularon experiencia en entornos profesionales y pudieron ver de cerca qué decisiones ayudan de verdad y cuáles solo añaden complejidad.
El Gremio no apareció en una lluvia de ideas ni por la urgencia de montar algo. Surgió durante una conversación cotidiana, una de tantas después de muchos años hablando casi a diario. Vieron un problema real y reconocieron algo distinto: esta vez tenían el conocimiento y la experiencia para convertirlo en una solución que pudiera mantenerse en el tiempo.
Ya no tenían que empezar a ciegas y descubrir demasiado tarde que una decisión técnica comprometía todo el proyecto. Habían aprendido a hacer preguntas antes de construir, anticipar riesgos, elegir una base técnica proporcionada y pensar desde el principio en quién y cómo la mantendría. La experiencia no elimina los imprevistos, pero sí ayuda a responder con criterio cuando aparecen.
Esa diferencia les dio la confianza para dar el paso. Conservaban las mismas ganas de crear juntos, pero ahora podían acompañarlas con años de experiencia desarrollando, desplegando, operando y manteniendo software.
El Gremio nace de una amistad, de las ganas de volver a construir juntos y del oficio aprendido durante años trabajando en tecnología.
Construir con raíces.
En un mundo acelerado, decidieron detenerse y volver a lo esencial: problemas que merece la pena resolver, relaciones que hay que cuidar y software capaz de durar. El Gremio no nace del FOMO, ese miedo a quedarse atrás que empuja a seguir cada novedad. Las herramientas pueden cambiar; los valores, el criterio y la responsabilidad con los que construyen no deberían hacerlo.
Esa forma de trabajar también recoge lugares importantes en su historia. Daniel encuentra en su Almería la cercanía, la luz y el valor de una vida que ocurre fuera de las pantallas. En los viajes compartidos por Japón, ambos reforzaron su aprecio por el detalle, el oficio y el cuidado. Son aprendizajes personales, no etiquetas sobre dos lugares: una inspiración para hacer las cosas con atención, sin ruido y pensando en quien las va a usar.
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La amistad fuera del código
Con los años, aquella colaboración a distancia se convirtió también en viajes, conversaciones y tiempo compartido lejos de una pantalla.





